Amar a la distancia es complicado, riesgoso, exigente y, definitivamente, temerario. La distancia pone a las relaciones, por más románticas y apasionadas que estas puedan ser, pendiendo de un hilo. Y es precisamente durante la mutua ausencia que la pareja se sustenta en un pilar usualmente endeble: la confianza.
Pero de todo hay en esta viña del Señor. Una pareja de tiernos enamorados, amigos míos, llevan ya casi dos años rompiendo mis malos augurios, basados en aquello de “amor de lejos, felices los cuatro”. Por el contrario, quien escribe estas líneas perdió a su enamorada cuando esta, en viaje a su tierra natal, conoció –o encontró, reencontró, reconoció o quizás todas las anteriores- al amor de su vida.
Hay viajes que esconden más de una aventura y esta no es necesariamente escalar montañas o cruzar a nado ríos, sino cosas digamos más mundanas. Y ahí radican la desconfianza, la duda y la pasión convertida en el ímpetu sombrío de los celos.
En una ocasión, estando yo en Lima y siendo ella no mi enamorada, le envié una flor con un mensajillo, acuñando algún verso de Sabina del cual no guardo el recuerdo: “la distancia no es barrera, sino pretexto para amarte”. Y así fue, la amé hasta el delirio. Pero al regresar, el chasco. Puedo garantizar pues que no se ama ni se sufre tan intensamente como cuando se tiene pero no, cuando ella está allá y tu acá. Cuando el riesgo de la mutua infidelidad mantiene la guardia y la necesidad del alma gemela ahoga la respiración e interrumpe el sueño. Y tratas de ser racional y controlar las ganas de volver, o irla a buscar.
*Texto originalmente publicado en la edición “Te doy mi corazón” del mes de febrero del año 2007 en la revista Día 30, publicada por la Universidad Privada del Norte (Trujillo, Perú). Texto reproducido tras la distribuición de la versión impresa por acuerdo con Richard Licetti Valer. (je, je).



y tienes tanta razon …
lindo escrito
espero que te guste
Si . . . . que cosas eso de la distancia. . . .